Drones agrícolas: entre el avance tecnológico y las barreras para su adopción
Por: Trinidad Barras, Magdalena Boschetti, Shannon Traiber y Paulina Vivani
Aunque el 70% de los productores busca implementar drones en sus cultivos, afrontan un contexto complejo que exige de forma imperante leyes operativas firmes, comprensibles y con protección.

Elaboración propia.
La presencia de drones en el campo argentino tuvo una consolidación estable en los últimos seis años, pero según la investigación de Andrea Soledad Barral, licenciada en Administración Agraria por la Universidad Siglo 21, este avance tecnológico presenta un proceso de adaptación más complejo. Aun con sus grandes ventajas en precisión, reducción del impacto ambiental y ahorro de costos, la autora nota que en el territorio la adopción no es pareja.
Barral basa su investigación en el departamento San Salvador, en Entre Ríos dónde, aunque el 94,4% de los productores locales reconoce la utilidad de los drones para monitorear cultivos y el 56,3% destaca el ahorro de insumos químicos, solo el 11,1% cuenta con una unidad propia. “Existe una brecha entre la tecnología disponible y los recursos reales de los productores. El 66,7% señala la falta de capacitación como el principal freno para incorporarlos, superando incluso al costo de adquisición”, explica Barral en su estudio.
El sector comercial, en cambio, revela un salto exponencial en las ventas. Jorge Martín, un contratista y especialista técnico de la firma Todo Drones da cuenta de esta curva de adopción acelerada: “En el 2022 vendimos tres drones en el año; en 2023 fueron 43; el año pasado 89 y este año vamos a vender más de 100 nosotros. Pero a nivel país hay más de 3.600 volando”. Desde su perspectiva, el atractivo económico frente a las herramientas tradicionales es indiscutible. Mientras un equipo autopropulsado terrestre supera los 250.000 dólares, una unidad aérea agrícola ronda entre 24.000 dólares y 40.000 dólares: “En el dron tenés maquinaria mucho más barata que te hace el mismo trabajo: no tenés solo un fumigador, tenés un fumigador, una sembradora al voleo y una fertilizadora”.
¿Qué se necesita llevar?




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[1]
Se suelen usar tres baterías al trabajar con drones. Cada una tiene un tiempo de vuelo de entre 8-10 minutos.
BATERÍAS
[2]
Es un equipo autónomo de alta capacidad que pulveriza cultivos y esparce fertilizantes. Otimiza tiempo, agua y recursos en el campo.
DRON
[3]
El generador es un equipo portátil de alta potencia (en general de gasolina o combustible dual) que recarga rápido las baterías de vuelo del dron.
GENERADOR + NAFTA
[4]
Es un equipo diseñado para disolver, mezclar y homogenizar los productos fertilizantes con el agua antes de cargarlos en el dron.
MIXER PARA EL CALDO
Fotos recopiladas de demostraciones a campo y jornadas de Todo Drones.
"Detrás de cada dron hace falta alguien que sepa leer el campo; si no, es solo un aparato que vuela y saca fotos", explicó Jorge Martín.

Barral además toma conceptos de la teoría de difusión de innovaciones de Everett Rogers, que plantea que la adopción tecnológica no depende únicamente de la disponibilidad de la herramienta, sino de la edad, la experiencia previa y el entorno institucional de los actores. El estudio en San Salvador refleja este fenómeno: con una población rural donde el 50% de los productores supera los 50 años y posee educación primaria, la asimilación de plataformas digitales y software de vuelo exige programas pedagógicos diseñados a su medida.
Sin embargo, la investigación advierte que el entusiasmo por la tecnología convive con un escenario normativo e infraestructural precario. A pesar de los avances del Decreto Nacional 663/2024 de la ANAC (Administración Nacional de Aviación Civil) y de la ley provincial pionera sancionada en 2021, el 83,3% de los productores consultados no está registrado formalmente para operar drones y casi la mitad considera que las normativas vigentes son confusas.
Con el 71% de los productores dispuesto a invertir si contara con líneas de financiamiento y asistencia técnica continua, los drones dejaron de verse como una novedad lejana para convertirse en una alternativa viable frente a la maquinaria terrestre. La pregunta que queda abierta es si las políticas públicas y las entidades del sector lograrán tender los puentes de capacitación y regularización necesarios para que la modernización tecnológica no quede restringida a unos pocos o si efectivamente será una tecnología de nicho.
Por su parte, Mariano Alpeggiani, quien realiza capacitaciones de Todo Drones, afirma que hoy la inversión de un dron se recupera entre dos y tres meses de trabajo, además de remarcar una de sus mayores ventajas: el costo de oportunidad. Al poseer un equipo propio, de bajo costo de adquisición y mantenimiento, los productores pueden hacer el trabajo por su cuenta, evitando pérdidas productivas por aplicaciones tardías.
Esta mirada comercial matiza las conclusiones de Barral sobre la dificultad de manejo. Si bien la investigadora alerta sobre la falta de instrucción como la traba determinante que intimida al productor, Martín asegura que la barrera operativa es mucho más baja de lo que se cree, ya que con dos días de capacitación se puede aprender a "volar perfectamente bien". De todos modos, no deja de recalcar: "Detrás de cada dron hace falta alguien que sepa leer el campo; si no, es solo un aparato que vuela y saca fotos". Para los instructores, el verdadero desafío formativo no radica en el control remoto ni en el despegue automático, sino en el criterio agronómico y la bioseguridad: “Acá lo importante es que quien lo está usando conozca la aplicación y sea consciente del riesgo de lo que está haciendo”. El peligro reside en la toxicidad de las mezclas concentradas, el cálculo de deriva hacia lotes vecinos y el manejo del bajo volumen, no en los comandos del vuelo. En Todo Drones ya comenzaron a brindar capacitaciones en uso de drones agrícolas que duran 2 meses.
Elaboración propia basada en datos de una investigación realizada por Andrea Barral.